De una forma u otra, todos estamos conectados. Todos vivimos de ese modo, siempre lo estuvimos. Una simple acción replica sus consecuencias hasta el infinito.
Aunque todos lo saben, no todos están dispuestos a aceptarlo. Algunos se aferran a creer que en esencia predomina el bien, y tratan de dejar la oscuridad en segundo plano, cuando es un error. Es necesario reconocer y admitir que dentro de cada uno hay luz y oscuridad.
Existe una fuente en nuestro interior, de la que manan todos nuestros secretos. De ella brota nuestra luz y nuestra oscuridad. Algunos pueden verla, a otros les vetamos siquiera su conocimiento, pero está ahí. La llevamos desde que nacemos.
Cuerpo, mente, y alma. Los antiguos celtas nos lo enseñaron. Y todos tenemos secretos.
Sònia Valiente, a la que todos conoceréis por su blog Animal Social, forma parte de mi historia.
Una historia con (continuación) feliz, que os quiero contar, como pequeño homenaje a ella.
Cuando todavía trabajaba en Las Provincias, a finales de 2010, mi (ex)jefa, Bárbara Martos, puso encima de la mesa un proyecto llamado Firmas. Aquél proyecto pretendía recoger a profesionales de prestigio en sus respectivos campos (tanto periodistas como “no periodistas), para darles una ventana en el diario y que pudieran hablar de los temas que ellos quisieran. El objetivo era tener “pocos” pero “buenos”.
Firmas fue boicoteado una y otra vez, comenzando a desvelarse la triste realidad de que el enemigo estaba dentro, y no fuera de casa. Pero la exclusividad pasaba por momentos bajos, y hasta tu perro podía tener su propia Firma.
Y entonces llegó ella. Sònia Valiente. Que siempre estuvo allí. Que sus columnas se publicaban dos veces por semana, pero a quien nunca presté atención. Y un buen día, le abrimos un blog. Y Firmas volvió a recuperar su espíritu.
Recuerdo aquella primera conversación telefónica. Era como si le conociera de toda la vida ¡y sólo le había visto alguna vez en la tele! Más de hora y media. Explicándole “todo” un manual que había creado y que (ahora sé) no tenía tiempo de leerse. Absorbía todo cuanto le decía con avidez. Pero como el nombre de su blog indicaba, ella era un auténtico “animal social“. El usuario del que todo BOFH estaría orgulloso. Su interés por aprender cómo funcionaba el blog era increíble. En pocos días tenía sin lugar a dudas el mejor de todos. Gracias a sus artículos, que leo desde entonces con asiduidad; y gracias a su espíritu inqueto y receptivo. Enriquecía sus columnas ampliándolas y haciendo obligatorio saltar del papel a su blog para disfrutar de la experiencia completa. Y todo esto, en apenas un par de meses. El futuro para su blog era brillante.
De ahí saltó a Twitter. Y a Facebook. Entonces llegó el iPhone, LinkedIn, Pinterest… y lo que estará por venir. Su inmersión en los medios digitales ha sido increíble. Rápida, profunda, espectacular. Y lo mejor de todo es que ha demostrado que sus “seguidores” de papel, lo son también digitales. Porque escribe con el corazón. Escribe de cosas que están muy cerca, o que están tan lejos que hace sentirlas como si nos estuvieran pasando a nosotros. Sus palabras desvelan una sonrisa en quienes las leen, y punto y seguido después, entristecen tu alma.
Y me siento muy partícipe de él, porque sin mi creación, Firmas, no existiría. Sí, es absolutamente vanidoso y arrogante por mi parte poner en valor una cosa así, pero es la pura verdad, tal y como lo siento. Y me siento orgullosísimo de haber podido crear la plataforma a través de la cual Sònia ha conseguido dar el salto del papel y los dedos manchados de tinta, al mundo digital.
Firmas ya no existe, mi marcha de allí supuso el tiro de gracia. Pero quienes vivimos aquellos días, sabemos que fue bueno. Si no, que se lo digan a mi amiga. Porque a raíz de aquella llamada, aquél día, surgió una amistad magnífica, que perdura y que perdurará. Por los siglos de los siglos, amén.
Felicidades Sònia. Te quiero un montón… pero eso, ya lo sabes.
No es lo que vale, ni lo que cuesta. Porque el valor en si de un pedazo de vaca desollada y secada al sol durante semanas es apenas de 12€.
Es el valor sentimental. Es lo duro que es despertarse de golpe un día cualquiera (no, un jodido lunes), echar mano de ella y descubrir que no está.
No es por el dinero, no es por lo que había dentro. Es por lo que significa para ti, por quién te la regaló, en qué circunstancias y, sobre todo, porque ya no está con nosotros.
Y tras pasar todo un día angustiado preguntándote dónde puede estar, porque crees a ciencia cierta que no te la han robado, que no la has perdido, que nunca salió de casa, llorar como un niño al verla aparecer en el último lugar en el que hubieras buscado.
Perder la cartera es, a veces, perder un pedacito del alma.
ÓSCAR GARCíA C. Consultor de Tecnología. Diseñador gráfico y web. Experto en CSS y WordPress. Consultor de Social Media, imagen corporativa, reputación y estrategia.